"Bienvenidos a Vitas, un lugar donde lo irreal se hace realidad, donde todo es posible y tienes que tener cuidado con lo que deseas porque aquí todo puede suceder".
Esa era la sinopsis del libro que Azai acababa de coger de la estantería.
Azai Airloiggy había pasado millones de veces por delante de esa tienda de antiguedadades de camino al trabajo, pero nunca había entrado. Hasta esa mañana.
Se había despertado con una extraña sensación, no sabia cómo explicarlo, sólo sabia que había algo raro. Y cuando salió del metro y pasó por la puerta de Antiguedades Castle sintió la imperiosa necesidad de entrar.
Eran las 7:30 de la mañana y el sol estaba tan bajo todavía que la pequeña y oscura tienda parecía aún mas oscura.
Nada más entrar le recibió el olor a moho del aire viciado del pequeño y abarrotado establecimiento.
Era la primera persona que entraba esa mañana a parte del dueño y no le extrañaría ser la primera desde hacia muchos años.
-Buenos días, ¿puedo ayudarla en algo?- dijo el anciano dependiente con una amable sonrisa que parecía que escondía algo más.
-No, muchas gracias, solo estaba mirando- respondió Azai sobresaltada.
El anciano se había acercado a ella tan sigilosamente que la había sorprendido por la espalda pegando tal bote que casi tira uno de los jarrones que se encontraban sobre un armario junto a ella.
-¿Sabe?, parece usted muy joven. La gente que suele venir a esta tienda tiene más o menos la misma edad que los artículos que vendo, jijiji- dijo el hombre y se alejó riendo y arrastrando los pies.
¿A qué venía ese comentario? se preguntó Azai. Todo era demasiado raro, y aquel hombre no le daba buena espina, pero no le dio demasiada importancia, solía tener demasiadas "paranoias" como esa, como lo llamaban sus amigos. Así que prefirió ignorar el escalofrío que le recorrió toda la espalda al ver al dependiente vigilarla de reojo desde el otro lado de la pequeña y atestada tienda mientras ella recorría el tortuoso laberinto que formaban las antiguedades.
Y entonces lo vio. Un antiguo libro con tapas de piel y lomo dorado que tenía un extraño dibujo en la cubierta.
Los caracteres estaban en relieve y tenían un cierto tono dorado, igual que el lomo, que resaltaba sobre el color marrón de la piel de las tapas.
Desde siempre le había gustado la lectura, y sobretodo los libros antiguos como aquel, con ese olor característico que le recordaba a la inmensa biblioteca de sus abuelos, donde había pasado horas y horas leyendo cuentos cuando era pequeña.
Cuando cogió el libro notó una pequeña sacudida, como una pequeña descarga eléctrica que hizo que se le erizara el pelo de la nuca. En ese momento supo que el libro tenía que ser suyo.
El dinero no era problema, con tan solo 23 años era la fotógrafa estrella de una famosa revista y con su sueldo podía vivir desahogadamente sin necesidad de tocar el fideicomiso que le habian dejado sus padres en herencia. Este dinero solo lo utilizaba para obras de caridad y de vez en cuando algun capricho, como por ejemplo ese libro.
Se acercó al dependiente y le preguntó el precio. Entoncés otro escalofrio le recorrio la espalda, pero no por el precio del libro, era caro pero podia permitirselo, sino por la expresión del anciano.
Esa sonrisa escondida en las comisuras de los labios y esa mirada penetrante la inquietaban y ya no era solo su imaginación. No, habia algo más. Necesitaba comprar el libro y salir de allí, alejarse cuanto antes de ese hombre.
Al recoger la bolsa con el libro su mano rozó la del anciano dependiente y una extraña sensación la invadió, y se marchó apresuradamente mientras el hombre se despedía con una inquietante sonrisa y diciendo:
-Adios señorita, se que volveré a verla muy pronto.
Kimchi Fried Rice
Hace 2 años
